¿Quieres emprender? haz cambio de vida. Esta es la historia de Isaura Martínez a sus 62 años...


PRIMER PARTE

Conocí Valle de Bravo -y a algunos de sus habitantes- en el último día de 1989. Tuve sentimientos encontrados ya que por una parte mi amiga Paz me había invitado a quedarme en una casa hermosa con una vista espectacular al Lago, y por otra, conocí a algunas de sus amistades que me parecieron pedantes y frívolas porque hablaban de “apellidos de renombre”, de dinero y de sus últimos viajes por el mundo, sin ningún otro afán que el de presumir y competir para ver quién era mejor. Además de que no eran del todo amigables con las jóvenes divorciadas como yo. Sobre todo las señoras me veían con cierto recelo, (bueno y los señores con lujuria). Ahora pienso que las señoras se sentían amenazadas por una joven de 34 años, libertaria, que bailaba sola y fumaba y bebía tequilas, que hablaba de caminar sola, trabajar para ganarse la vida, independiente y sobre todo desinhibida (aunque muy dolida por su reciente divorcio). Pero en fin, era joven, bella y rezumaba hormonas. Sí, me quedé molesta e incómoda con la reunión del fin de año porque me sentía muy fuera de lugar… supongo que también padecí de ese viejo sentimiento de mi infancia: “no pertenecer…”



Muchos años después, mi amiga y compañera de trabajo Claudia me presentó a un amigo de sus papás: Celestino Martínez, quien al poco tiempo, me invitó a conocer su casa de Valle de Bravo que recién estrenaba… y a donde quería irse a vivir –algún día… Yo le platiqué que la gente de Valle de Bravo me parecía pedante, por decir lo menos y que vivir allí me parecía de flojera, como de jubilado aburrido o de abuelita teje calcetín y sin posibilidad de socializar… y sí, también pensaba lo mismo que mi amiga neoyorkina Henrrieta: los viejos valientes se quedan en las grandes ciudades, no se retiran a la playa o al campo, viven los desafíos cotidianos que imprime una ciudad como la de México. Los cobardes… ¡ya se sabe!

Importante comentar que por aquel entonces yo iba mucho por Tepoztlán, y pensaba que dado el caso de dejar la ciudad iría con “otra gente muy diferente, más bohemia, más intelectual, ¡Más mi onda! “

Cuando fui conociendo a Tino se disolvió la primera impresión que tuve de él como un hombre grande y serio, pedante y flojeroso, “típico vallesano”. Y al darme la oportunidad de relajarme y conocer a un hombre diferente a los que me había relacionado… encontré a un ser muy luminoso, solidario: ¡tipazo! Me divertía mucho con él. De las pocas personas que entienden a la primera mi sentido del humor que -frecuentemente- puede ser ácido y muy negro e inquisitivo, pero eso sí, muy agudo.


Fueron otras navidades en las que regresé a Valle de Bravo, ahora corría el año del 2005. Estaba enamorándome de nuevo y me sentía llena de energía y júbilo. Toda una aventura con una persona desconocida en mi trayectoria como “hombreriega”.

Yo seguía pensando lo mismo de las personas de Valle y estaba muy limitada en mi percepción, ya que no es lo mismo los que son realmente vallesanos a los que vienen a su casa de fin de semana y hacen derroche de marcas, apellidos, dólares, euros y pedantería!!!! Fuera de toda envidia, algunos son realmente inmamables y reconozco que no todos.



En Valle –y con Tino- descubrí que la vida puede ser de otra manera, que la tranquilidad, el romanticismo y la pasión sí pueden ir de la mano. Que no es necesario sufrir por gozar. Que se puede gozar con alegría y bonhomía. Porque eso es principalmente Tino: ¡un ser lleno de bondad! Que me amó desde el principio con honestidad, sin exigir nada y dándome tiempo y continuidad. Me ofreció su casa sinceramente. Debo reconocer que, con todo y mi arduo trabajo de terapia y entrenamiento como psicoterapeuta, Tino, quien no ha ido a terapia alguna, me lleva ventaja en muchos aspectos. Y creo que básicamente es porque él se relacionó muy felizmente con su difunta esposa por más de 40 años. Eso desde luego es una gran ventaja. Mi experiencia fue desastrosa y corta con relaciones difíciles e infelices en los dos matrimonios que tuve. Me consta que, frecuentemente, ¡el amor no basta!

Para mi sorpresa, en Valle encontré a personas que podrían haber emigrado de Tepoztlán y desde luego a la gente del pueblo que, en su mayoría, es amable y cariñosa, gente buena, pues!

Con el tiempo mi relación con Tino fue creciendo y también se hicieron más frecuentes mis visitas a Valle, que me encanta y llena de paz. Su casa está en medio del bosque y la vista es espectacular, ha hecho un jardín bellísimo, lleno de recovecos, divertido, como a mí me gustan los espacios… y qué decir de cómo nos hemos ido relacionando él y yo, con todos los altibajos, el amor crece y crece y con él la paz de saberme querida, bien querida...

Cuando conocí a Tino yo trabajaba en una empresa editorial de gran renombre; y me encontraba muy cansada y agobiada por lo que muy seguido pensaba en dejar todo y dedicarme a lo que estaba estudiando: Psicoterapia humanista corporal. Empecé dando sesiones de acompañamiento y dando clases como maestra auxiliar, también entré a un entrenamiento como sanadora energética…me sentía muy bien haciendo eso e iba preparando mi cambio de profesión, poco a poco. En esa empresa tuve mucho éxito económico y, por qué no decirlo, reconocimiento profesional… aunque la venta de espacios publicitarios se contraponía cada vez más con el trabajo emocional y espiritual que estaba haciendo por las tardes… Al grado de sentirme empujada o jalada por cada extremo, en ese tiempo pensaba que así han de sentirse los esquizofrénicos… o psicóticos en general.

Desde muy joven he tenido el temor de quedarme “pobre” y no es que sea rica, no lo he sido y difícilmente lo seré… pero sí he logrado tener una economía holgada y una vida con privilegios… sobre todo porque de niña sí tuve muchas carencias… Por eso mismo decidí quedarme como ejecutiva de ventas y ahorrar para obtener la solvencia financiera suficiente para que me permitiera trabajar en lo que quería sin necesidad económica… Porque no me parecía prudente a los cincuenta años empezar de cero a construir una nueva profesión. Así que me ganó la ambición y poco a poco fui dejando mi trabajo como terapeuta… y, para ser gentil conmigo misma, debo decir que no podía con tanto trabajo al mismo tiempo… Mi trabajo como ejecutiva estaba lleno de estrés (que después me pasó una gran factura) y mi trabajo como terapeuta me exigía una templanza que me costaba trabajo encontrar en el mismo día: después de batallar para conseguir millones de pesos en ventas y pelear con la competencia interna y externa de la empresa, pelear en el tráfico por el tiempo que perdía… y todo a la carrera para llegar puntual al consultorio, sentarme a meditar y tranquilizarme y así poder dar el acompañamiento éticamente, es decir, sin que se “chorrearan” mis temas con los del cliente. Difícil y enloquecedor: “¡correr, correr para llegar a calmarme!” Continuara...

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