Acoso Sexual


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“ Buenos días a todos, les presento a Bruno Gómez, el nuevo director general de la empresa, quien estará tomando el control de la organización a mi retiro” dijo el CEo.

Su apariencia delgada, poco serio y su estatura promedio, bien vestido me hicieron ver a Bruno como un tipo totalmente inofensivo y hasta simpático.

Las siguientes 3 semanas transcurrieron normales, excepto en los momentos que merecían un festejo.

En el área de ventas celebrar con abrazos y choques de mano por un cierre largamente esperado o la cita que anhelábamos siempre es motivo de gozo. Fue entonces, en un inocente abrazo que sentí como la mano de Bruno se deslizó suavemente por mi espalda y se estacionó por unos segundos en la cúspide de mi trasero.


De inmediato me separé para tratar de descubrir en sus ojos la más pequeña señal de disculpa, pero en esos segundos no la noté en su mirada. Ni eso, ni nada. Yo tampoco dije nada. Regularmente respondo a la agresión con parálisis, solo me marché a sentarme a mi lugar, pensando que había sido un accidente y ya.

A la siguiente semana, en otro momento, hubo otro abrazo, volviendo a suceder lo mismo, un razón en mi trasero, mi parálisis y mi silencio, excepto por mi promesa de no volver a darle ni recibirle ningún abrazo y regañarme interiormente, culpándome por el incidente.